AAS 41 (1949), p. 423

algunas modernas corrientes sociales consigan apoderarse de la credulidad
o del interés de algunas clases, conquistando así el poder y no
temiendo desde él, una vez obtenido, abandonarse a lamentables excesos.
Viene a Nos, precisamente cuando la palabra maternal de la Iglesia,
implorada y esperada desde hace mucho, ha llevado a cabo la necesaria
división entre el campo de Jesucristo y el de sus adversarios, mostrando
a las conciencias católicas, sedientas de verdad y de luz, dónde está el
camino franco, luminoso y seguro que conduce a la salvación, y dónde
las tortuosas y obscuras sendas que llevan al error.
Pocas veces, acaso, se ha sentido la Iglesia tan tranquila y tan serena
en su interior, como se siente en estos momentos, después de que su voz
maternal ha resonado por todo el mundo y cuando sus hijos han de decidir
el eco que en sus inteligencias, en sus corazones y en sus conciencias
debe tener esta palabra, que si en verdad contiene también una amonestación,
no por eso deja de estar inspirada tan sólo por el amor y el
deseo de su salvación.
Los graves y elevados términos con que Vuecencia ha acompañado,
tan dignamente, la presentación de sus Cartas Credenciales, son para
Nos como un reflejo del espíritu que alienta en el fiel pueblo peruano,
espíritu que ha de conducirle, sin duda, a progresos cada vez más renovados
y mayores.
Las amistosas relaciones entre su noble nación y esta Sede Apostólica
ganarán siempre en profundidad y cordialidad, si en su amada nación
van siendo cada vez más numerosos los que se muestran prácticamente
convencidos del lazo indisoluble, que une al rico patrimonio espiritual
de su país con los insustituibles valores que emanan de la religión de
Jesucristo.
El Perú es una tierra recia, que ha sido comparada a una fortaleza
colosal, coronada por dos torreones. En él se admiran justamente sus
inconmensurables y fosforescentes playas, tan ricas en refugios naturales,
desde la bahia de Paita hasta el puerto de lio, y tan generosamente refrigeradas
por la fresca corriente peruana ; la grandeza de sus cimas
andinas, cuyas frentes acarician las tormentas ; los encantos de sus lagos
tranquilos, de sus alegres cascadas y de sus valles escondidos ; las riquezas
inagotables de sus bosques, verdadero don de Dios. Y donde un día
campearon razas fuertes y numerosas, vive hoy y trabaja un pueblo cordial
y hogareño, que tiene a gala ser estimado por sus virtudes domésticas
y por su cumplida cortesia.
Otra muchas naciones hermanas forman con él lo que, con frase feliz,
ha sido llamado el continente latino del Nuevo Mundo, que, si las aparien-

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