AAS 40 (1948), p. 556

que solamente parecen tener en cuenta la conveniencia propia o la
pronta salida del compromiso actual. Se diría que para ellos no existen
las grandes normas, los eternos principios y que por eso mismo sus conatos
están condenados a la esterilidad.
Así comprenderá mejor, Señor Embajador, con cuánta satisfacción
le hemos oido aludir a una juventud española y a un pueblo español,
que quieren tener siempre ante los ojos la verdad católica, penetrando
la vida pública y social de todos y cada uno, informando las decisiones
de sus más altos Consejos y animando las manifestaciones todas
de una Nación, que se precia de ser y de aparecer fiel hija de la Iglesia
y de esta Sede Apostólica. Pero Nos, si Vuestra Excelencia lo consiente,
añadiríamos que debía ser así, porque a esta verdad, como
justamente se ha observado, le debe esa Nación la trabazón misma de
su tempranal nacionalidad, la inspiración de sus grandes artistas, las
elucubraciones de sus profundos pensadores, los vuelos altísimos de
sus místicos incomparables y hasta una buena parte de aquel impulso,
que la llevó a romper con los límites de lo conocido para poder llevar
aquella doctrina y aquella salvación a un Mundo Nuevo, que Vuestra
Excelencia acaba de recorrer y donde habrá podido constatar que la
más preciosa herencia que la Madre Patria ha legado a sus hijas es la
incondicional fidelidad a Cristo y a su Iglesia.
Ojalá, Señor Embajador, que las grandes verdades de nuestra sacrosanta
Religión ahonden cada vez más en el alma del pueblo español,
contribuyendo a la constante elevación moral y material de sus
clases más humildes, como es nuestra perenne preocupación ; manteniendo
en la vida familiar la preciosa herencia de las viejas tradiciones
; cerrando el paso a la codicia de las riquezas — tentación fácil en
los tiempos difíciles — ; extinguiendo ios odios y llevando en todo a
plena madurez su pujante primavera espiritual. Así la Iglesia, sirviéndose
también del generoso apoyo que entre vosotros reciben sus obras,
libre de preocupaciones y de trabas, hará patente una vez más la eficacia
de su doctrina al servicio de la felicidad terrena y ultraterrena,
de la; prosperidad y de la paz.
Sea, pues, bienvenido, Excelentísimo Señor, y esté seguro de que
sus anhelos de intensificar las relaciones entre su Patria y esta Sede
Apostólica, hallarán en Nos la más fervorosa correspondencia. Y para
esta labor, lo mismo que para el esfuerzo común en favor de la pacificación
del mundo y para cuanto pueda referirse al mejor desempeño
de su misión, puede estar cierto de hallar continuamente en Nos la más
benévola acogida.

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