AAS 41 (1949), p. 370
tólica en su hermosa nación, puesto que la diócesis del Paraguay, la
más antigua del Plata efectivamente, fué erigida nada menos que el
primero de Julio de mil quinientos cuarenta y siete. De ahí arranca
toda una historia, donde la Iglesia católica nunca ha estado ausente,
una historia donde la Iglesia ha dejado capítulos de transcendencia mundial
; Nos referimos también Nos a las famosísimas « Doctrinas guaraníes
» donde, entre dificultades sin cuento y gravitando más sobre lo
moral que sobre lo material, la. labor civilizadora del Evangelio llegó
a tales realizaciones sociales que, descartando los defectos inherentes
a todas las cosas humanas, han quedado ahí para admiración del mundo,
honor de su país y gloria de la ínclita Orden que las realizó no menos
que de la Iglesia católica, en cuyo regazo maternal surgían. La experiencia
se encargó de demostrar la genialidad del sistema.
Las palabras que Vuestra Excelencia acaba de pronunciar son para
Nos una prueba tangible de que en su espíritu están vivos no solamente
estos recuerdos de un pasado tan glorioso y las enseñanzas que del mismo
se deducen, sino también la clara visión de la tarea imponente que las
necesidades del día y la lucha por la consecución de un porvenir mejor
reservan a su generoso pueblo.
Todas las naciones — las que tomaron parte en la guerra lo mismo
que las que consiguieron mantenerse neutrales — se ven hoy envueltas,
quieran o no quieran, en las tremendas repercusiones materiales y espirituales,
eco inevitable de un choque semejante entre fuerzas de tal potencia
destructora.
Para conseguir que el orden, tras semejante caos, la sanidad, después
de enfermedad tan tremenda, y la paz, como fin de tan dolorosa y prolongada
postguerra, vuelvan a embellecer la faz de la tierra, será menester
que el espíritu de verdadero y sincero sentimiento de fraternidad entre
los pueblos, las naciones y las estirpes, consiga realizar, en un progreso
nunca, interrumpido, nuevas y decisivas conquistas. Será también fuerza
reconocer que, a pesar de estar el camino tan erizado de obstáculos y
de ser tan fecundo en reacciones inesperadas, algunos pasos, acaso vacilantes,
se han realizado ya, a los que habrán de seguir otros, y no pocos.
Nos no podemos dudar que se llevarán a cabo con aquella paciencia
en el perseverar, aquella prudencia en el método y aquella animosa
energía sin las cuales la victoria del bien sobre las fuerzas de la negación
nunca podrá, esperarse, ni será jamás completa y tempestiva.
En la historia del pueblo paraguayo el amor generoso y maternal de
la Iglesia para con ios necesitados y dolientes está grabado con caracteres
indelebles.
más antigua del Plata efectivamente, fué erigida nada menos que el
primero de Julio de mil quinientos cuarenta y siete. De ahí arranca
toda una historia, donde la Iglesia católica nunca ha estado ausente,
una historia donde la Iglesia ha dejado capítulos de transcendencia mundial
; Nos referimos también Nos a las famosísimas « Doctrinas guaraníes
» donde, entre dificultades sin cuento y gravitando más sobre lo
moral que sobre lo material, la. labor civilizadora del Evangelio llegó
a tales realizaciones sociales que, descartando los defectos inherentes
a todas las cosas humanas, han quedado ahí para admiración del mundo,
honor de su país y gloria de la ínclita Orden que las realizó no menos
que de la Iglesia católica, en cuyo regazo maternal surgían. La experiencia
se encargó de demostrar la genialidad del sistema.
Las palabras que Vuestra Excelencia acaba de pronunciar son para
Nos una prueba tangible de que en su espíritu están vivos no solamente
estos recuerdos de un pasado tan glorioso y las enseñanzas que del mismo
se deducen, sino también la clara visión de la tarea imponente que las
necesidades del día y la lucha por la consecución de un porvenir mejor
reservan a su generoso pueblo.
Todas las naciones — las que tomaron parte en la guerra lo mismo
que las que consiguieron mantenerse neutrales — se ven hoy envueltas,
quieran o no quieran, en las tremendas repercusiones materiales y espirituales,
eco inevitable de un choque semejante entre fuerzas de tal potencia
destructora.
Para conseguir que el orden, tras semejante caos, la sanidad, después
de enfermedad tan tremenda, y la paz, como fin de tan dolorosa y prolongada
postguerra, vuelvan a embellecer la faz de la tierra, será menester
que el espíritu de verdadero y sincero sentimiento de fraternidad entre
los pueblos, las naciones y las estirpes, consiga realizar, en un progreso
nunca, interrumpido, nuevas y decisivas conquistas. Será también fuerza
reconocer que, a pesar de estar el camino tan erizado de obstáculos y
de ser tan fecundo en reacciones inesperadas, algunos pasos, acaso vacilantes,
se han realizado ya, a los que habrán de seguir otros, y no pocos.
Nos no podemos dudar que se llevarán a cabo con aquella paciencia
en el perseverar, aquella prudencia en el método y aquella animosa
energía sin las cuales la victoria del bien sobre las fuerzas de la negación
nunca podrá, esperarse, ni será jamás completa y tempestiva.
En la historia del pueblo paraguayo el amor generoso y maternal de
la Iglesia para con ios necesitados y dolientes está grabado con caracteres
indelebles.