AAS 42 (1950), p. 638
campeón de los derechos de la Iglesia, como S. Vicente M. Strambi ; ni
de una mártir de la pureza virginal, como S. María Goretti. Pero se
trata, en cambio, de alguien que es, en cierto sentido, como la frase final
de una sinfonía, que recoge todos los temas, tomando de cada uno algo
de su característica, para componer la armonía maravillosa de su
espíritu.
La historia de Mariana de Jesús de Paredes es muy breve. Vastago
de una noble familia de origen español, en cuyo árbol genealógico se entremezclan
Andalucía y Castilla, nace en Quito en 1618. Hay desde el
primer momento en su alma toda la suavidad de aquel clima, toda la
claridad de aquel cielo y toda la gracia de sus palmeras y de sus flores.
Prodigio de piedad, por la precoz madurez de su espíritu, alrededor de
los diez años se liga con los votos de pobreza, castidad y obediencia;
se ve que el esqueje arrancado del tronco ibérico era fuerte y la tierra
del Nuevo Mundo, generosa. El ejemplo de los misioneros la arrebata,
le enciende el alma y la llena de altísimos deseos, que se concretan en
fervorosas oraciones, en contemplaciones extraordinarias y otros dones
místicos, simultaneados con tales austeridades que su sola enumeración
causaría profundo estupor. Víctima de amor primero, acaba sus días
como holocausto de caridad en 1645, ofreciendo su vida por su pueblo.
Y cuando la tierra dejaba de temblar y la peste se disolvía en el aire,
ella exhalaba el último suspiro entre deliquios inefables, pero revestida
siempre de ásperos cilicios. No tenía más que veintiséis años.
No vivió en un claustro, porque la Providencia la quería en mediodel
mundo; pero aspiró a la perfección, como pudiera hacerlo la religiosa
más observante. No fué figura histórica; pero es hoy el honor de
una nación ilustre, que la aclama su « heroína nacional ». No dedicó
exclusivamente sus horas a la caridad; pero al fin dio su vida por sus
hermanos. Amó a la Iglesia como el más celoso defensor de sus derechos
y la honró con sus virtudes. Finalmente, no fué inmolada por el furor
ajeno, pero supo bien mortificarse con mano propia.
Aprendan todos en esta Santa el inmenso poder de la virtud cristiana,
capaz de hacer madurar un espíritu, con más vigor que el sol
quiteño hace madurar los frutos opimos de la tierra ecuatoriana. Aprenda
el mundo las energías que se esconden en la oración y en el sacrificio.
Aprendan los epicúreos de siempre que la meta de los espíritus se encuentra
al fin del camino escondido, en que el amor busca el dolor para
superar las ataduras materiales, Aprende la joven moderna y mundana
lo que en su mismo ambiente puede hacer un alma enamorada del Señor.
Y cuantos hoy viven en la plena luz de la devoción al Corazón Sacra-
de una mártir de la pureza virginal, como S. María Goretti. Pero se
trata, en cambio, de alguien que es, en cierto sentido, como la frase final
de una sinfonía, que recoge todos los temas, tomando de cada uno algo
de su característica, para componer la armonía maravillosa de su
espíritu.
La historia de Mariana de Jesús de Paredes es muy breve. Vastago
de una noble familia de origen español, en cuyo árbol genealógico se entremezclan
Andalucía y Castilla, nace en Quito en 1618. Hay desde el
primer momento en su alma toda la suavidad de aquel clima, toda la
claridad de aquel cielo y toda la gracia de sus palmeras y de sus flores.
Prodigio de piedad, por la precoz madurez de su espíritu, alrededor de
los diez años se liga con los votos de pobreza, castidad y obediencia;
se ve que el esqueje arrancado del tronco ibérico era fuerte y la tierra
del Nuevo Mundo, generosa. El ejemplo de los misioneros la arrebata,
le enciende el alma y la llena de altísimos deseos, que se concretan en
fervorosas oraciones, en contemplaciones extraordinarias y otros dones
místicos, simultaneados con tales austeridades que su sola enumeración
causaría profundo estupor. Víctima de amor primero, acaba sus días
como holocausto de caridad en 1645, ofreciendo su vida por su pueblo.
Y cuando la tierra dejaba de temblar y la peste se disolvía en el aire,
ella exhalaba el último suspiro entre deliquios inefables, pero revestida
siempre de ásperos cilicios. No tenía más que veintiséis años.
No vivió en un claustro, porque la Providencia la quería en mediodel
mundo; pero aspiró a la perfección, como pudiera hacerlo la religiosa
más observante. No fué figura histórica; pero es hoy el honor de
una nación ilustre, que la aclama su « heroína nacional ». No dedicó
exclusivamente sus horas a la caridad; pero al fin dio su vida por sus
hermanos. Amó a la Iglesia como el más celoso defensor de sus derechos
y la honró con sus virtudes. Finalmente, no fué inmolada por el furor
ajeno, pero supo bien mortificarse con mano propia.
Aprendan todos en esta Santa el inmenso poder de la virtud cristiana,
capaz de hacer madurar un espíritu, con más vigor que el sol
quiteño hace madurar los frutos opimos de la tierra ecuatoriana. Aprenda
el mundo las energías que se esconden en la oración y en el sacrificio.
Aprendan los epicúreos de siempre que la meta de los espíritus se encuentra
al fin del camino escondido, en que el amor busca el dolor para
superar las ataduras materiales, Aprende la joven moderna y mundana
lo que en su mismo ambiente puede hacer un alma enamorada del Señor.
Y cuantos hoy viven en la plena luz de la devoción al Corazón Sacra-